Pieles rojas 1

Jose Luis Noeda

El presente texto es una recopilación de la carta del jefe indio Seattle de la tribu de los Suwamish, territorio al noroeste de los Estados Unidos. Este documento fue enviado el año 1855 al presidente Franklin Pierce en contestación a la oferta de compra de los territorios indios. Aquí aparece ampliado con otras declaraciones de diferentes jefes indios. (...)

El documento refleja el sentimiento y la sabiduría natural de los pieles rojas. Hemos alterado ligeramente el orden del documento, pero manteniendo su ritmo, estilo y modo de expresión. Hemos dispuesto las ideas principales con el fin de obtener un documento conjunto recopilatorio de los pensamientos de diferentes jefes indios, de tal forma que sus disertaciones aparecen insertadas en el texto de la carta original.

A través de este trabajo de recopilación tenemos la oportunidad de ofrecer una carta más completa y de mayor peso moral. Y sobre todo con un contenido más amplio y con un sentido y sentimiento de conjunto al reunir a diferentes jefes que representan el sentir colectivo de distintas tribus. De esta manera podemos aportar una visión más amplia y un significado más completo del legado histórico de esta cultura cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos.

Hoy sus enseñanzas son reconocidas y valoradas. No hay más que observar el enorme éxito y proliferación de libros, películas, documentales y exposiciones sobre la historia y vida de los indios norteamericanos.

El Gran Jefe de Washington manda palabras de amistad. Esto es amable por su parte. Pero nosotros sabemos que él tiene muy poca necesidad de nuestra amistad. El Gran Jefe de Washington quiere comprar nuestras tierras.
Sin embargo, mis pensamientos están llenos de tristeza.

¿Cómo podrías comprar o vender el Cielo y el calor de la Tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire, ni del resplandor del agua. ¿Cómo podríais comprárnosla a nosotros?

Tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.
Al parecer al hombre blanco le da lo mismo un pedazo de tierra que otro, trata a su Madre la Tierra y a su Padre el Cielo como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender. Pero cada porción de tierra es sagrada para mi gente.

Consideramos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales como a hermanos, y a las plantas como a hermanas. Nosotros no comprendemos otro modo de conducta.

Vosotros queréis comprar nuestras tierras. Pero creemos que antes debéis considerar ciertas cosas: es importante que vuestros hijos aprendan y sientan que el suelo que pisan bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos.

Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra esta plena de la vida de nuestros antepasados. Debéis mostrarles lo que nosotros enseñamos a los nuestros: que la Tierra es nuestra Madre.

La vista de vuestras ciudades hace doler la vista del hombre de piel roja. Hay muy pocos lugares tranquilos en las ciudades del hombre blanco, muy pocos donde pueda escucharse el desplegar de las hojas en primavera o el rozar de las alas de un insecto. El ruido de vuestras ciudades parece insultar los oídos. Qué clase de vida es, cuando el hombre es incapaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de la rana alrededor del lago. ¡Es probable que hasta le parezca extraño el latido de su propio corazón!

Tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.
Hemos visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo cómo el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo, al que tan sólo matamos para poder vivir.

¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que les ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también a los hombres.
Todas las cosas están entretejidas entre sí. Esto lo sabemos: la Tierra no pertenece al hombre sino que el hombre pertenece a la Tierra. Él no ha tejido la red de la vida, es tan sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Todo lo que ocurra a la Tierra ocurrirá también a los hijos de la Tierra.

Cuando los hombres escupen en el suelo, se insultan a sí mismos. Si seguís ensuciando las montañas y contaminando vuestras ciudades, pronto moriréis sofocados entre vuestros propios desperdicios.

Lamentablemente, sabemos de forma mágica y profética que el insaciable apetito del hombre blanco devorará la Tierra y dejará tras de sí sólo un desierto...

Pero, tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.
Igual que las aves poseen un sentido de orientación que les guía en sus largas migraciones, un profundo sentido común nos dice que este camino no es el más conveniente para el hombre. Por todo esto, nuestros sentimientos y pensamientos no pueden estar de acuerdo con las costumbres del hombre blanco.

Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cara del lago, y el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del medio día y perfumado por la fragancia de los pinos.

Nosotros sentimos que hay algo sagrado en todas las cosas; en cada espina de pino brillante, en cada orilla arenosa, en cada rincón del espeso bosque, en cada claro, hasta en lo más insignificante existe la huella de Dios. Porque todas las cosas comparten el mismo aire al respirar, el mismo agua al beber, y misma es la tierra que pisamos.

Nuestros sabios ancianos y hombres-medicina nos dicen que existen innumerables e invisibles lazos que hacen posible la amistad entre todos los seres, hombres, pueblos y naciones. Pero esto no es algo fácil de conseguir.
Tampoco todos los pueblos indios se han llevado siempre bien, muchas tribus han peleado entre sí, muchos indios han traicionado a sus hermanos, a sus tierras y a los espíritus de nuestros antepasados. Muchos guerreros han vendido su palabra y su dignidad al mejor postor. Otras tribus han luchado con odio y crueldad en sus corazones sin respetar el sagrado código de honor de la guerra. Sí, es cierto, no hemos sido un pueblo perfecto, lo sabemos... y tarde o temprano pagaremos esta deuda al Gran Espíritu...

Pero el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con él de amigo a amigo, no puede estar exento de un Destino común a toda la Humanidad. Sabemos algo y ojalá el hombre blanco lo descubra algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis que sois dueños exclusivos de Él, tal y como deseáis ser dueños de nuestras tierras, pero no podéis. Él es el Dios de toda la Humanidad y su compasión es igual para el hombre blanco que para el hombre de piel roja. Esta Tierra es preciosa para Él, y ensuciarla o causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador.

Pero tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.
Sabemos que el hombre de las grandes ciudades no admite nuestra manera de ser. Se ríe de nuestros ritos sagrados, bromea con nuestras costumbres y malinterpreta nuestros símbolos sagrados que para nosotros significan tantas cosas.

Nuestros exploradores han visitado sus ciudades, y si nos encuentran enseguida quieren negociar. Nos quieren vender su agua de fuego, quieren que comamos comidas fuertes. Y todo esto debilita a nuestros hombres.

Ellos no se dan cuenta. Tienen y dependen de tantas cosas, que olvidan lo esencial de la Vida: el íntimo contacto con la madre Tierra y nuestro padre el Cielo. Les asustan cosas tan naturales como el rayo, el trueno y el relámpago, y les resulta molesta la lluvia.

Sin embargo, nosotros admiramos la fuerza del viento, la pureza de la nieve, el calor del Sol y la bendición del rocío que centellea cada mañana...
Tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.

¿Qué es lo que sueña el hombre blanco? ¿Qué clase de esperanzas transmite a
sus hijos en las frías y largas noche de invierno? ¿Qué visiones guardan sus mentes para el mañana? Lamentablemente los sueños del hombre blanco están confusos y ocultos para nosotros. Quizás se encuentren en algún olvidado rincón dentro de sus corazones.

Pero nosotros aún aspiramos a ser seres humanos. Aún mantendremos nuestras costumbres, resistiremos con dignidad y buscaremos algún lugar libre entre las montañas. Tal vez sobrevivamos algunos inviernos más...
Nosotros rezamos para pedir fuerzas y valor en la caza y la guerra y también para estar cerca de los sabios, para que el Gran Espíritu vele por nuestro honor y proteja nuestra honradez.

Y si algún día nuestra tribu tiene que enfrentarse y luchar, entonces iremos cantando nuestra vieja canción de muerte: ?Los ancianos me han dicho que nada dura mucho, sólo la tierra y las montañas. Ahora sé que es cierto. Hoy es un buen día para morir?.

Tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.
Por lo que hemos oído, el hombre blanco se enorgullece de descender del mono. Sin embargo, el hombre de piel roja se siente descendiente del águila real. Por eso nos vestimos con su plumaje.

Desde siempre los indios hemos saludado naturalmente enseñando la palma de la mano abierta, porque la mano representa al hombre. Y al mismo tiempo pronunciamos un sonido sagrado:¡JAU!, que significa la unión de la fuerza que recorre toda la Naturaleza.

Nuestros ancianos aman el suelo que pisan y sienten la tierra suave bajo sus pies. No se sientan ni reposan sin la sensación de acercarse a las fuerzas maternales. Por eso les gusta caminar descalzos. El suelo apaciguaba, fortificaba, lavaba y curaba. Nos sentamos en el suelo cruzando las piernas para pensar más profundamente, para sentir más vivamente, para contemplar con mayor claridad los misterios de la Vida.

Tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.
Mis palabras son como las estrellas. La palabra ha de ser tratada con respeto. De no ser así su poder se vuelve incontrolado y obra para el mal. Toda promesa ha de ser cumplida. Los hermanos de sangre tienen fuertes lazos a pesar de las distancias. Pero los hermanos del alma y del espíritu no conocen el límite entre las distancias ni tampoco el paso del tiempo. Ni en este mundo ni en el mundo de los sueños...

Pensamos que las acciones de los indios han de seguir sus palabras, igual que la sombra sigue a la liebre.
Tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.
Todo lo que hace el indio lo hace en base a círculos. Y esto es así porque el poder del mundo siempre actúa en círculos. En el centro del Universo mora el Gran Espíritu. Este centro está realmente en todas partes y está dentro de cada uno de nosotros.

Todas las cosas tienden a ser redondas. El Cielo es circular, la Tierra también, el Sol sale y se pone en círculo, el viento se arremolina en su fuerza máxima, los pájaros hacen sus nidos en forma de círculos. Y así en todas las cosas en que se mueve el poder. Por este motivo nuestros tipis son circulares. El círculo de nuestra nación consta de un nido hecho de muchos nidos. El Gran Espíritu quería que nosotros cuidásemos los nidos, cobijásemos a nuestros hermanos, respetáramos las Leyes y acatáramos los sabios consejos de los ancianos.
Hubo una época en que nuestro pueblo era numeroso y nuestras hogueras brillaban en la noche como las estrellas. En los días de antaño éramos un pueblo próspero, fuerte y feliz. Y todo nuestro poder nos venía del círculo sagrado de la nación. Y en tanto el círculo no se rompió, el pueblo floreció. Y mientras se mantuvieron los ritos y las ceremonias sagradas, estábamos cerca y en concordancia con las Leyes del Cielo, cerca de la inspiración y del aliento divino del Gran Espíritu Wakan Tanka, que es la base de nuestro poder. La oración, veneración e imploración al Gran Espíritu era la esencia de nuestra existencia y perpetuidad.

Recuerdo entrañablemente, durante las noches, cuando todo estaba en calma y las estrellas brillaban a lo lejos, cómo nos reuníamos en el Gran Tipi y nos sentábamos en círculo junto al Fuego. Porque sabemos que el Fuego es la representación del Sol en la Tierra. Allí, junto a nuestro Gran Jefe, acompañado siempre de sus viejos y experimentados guerreros, con fascinación y brillo en
los ojos escuchábamos atentamente sus palabras. Nos hablaban de antiquísimas historias, de leyendas, de hazañas, de grandes y poderosos espíritus...

También nos hablaban de sueños proféticos, de la Gran Mujer Búfalo Blanco, y de Tanka, el Gran Búfalo Blanco. Y de visiones de un futuro no muy lejano, donde nos encontraríamos con grandes dificultades, con inviernos muy fríos, muy pocos búfalos que cazar, pocos ríos donde beber, pocos árboles donde recoger frutos y pocas tierras fértiles de pastos para nuestros caballos.
Cuando nos hablaban de esta visión lo hacían con profunda serenidad y esperanza.

Siempre nos recordaban que no olvidásemos una vieja leyenda, que de boca a oído y de corazón a corazón nos habían transmitido fielmente los indios Cree.
Cuenta la leyenda que se sucederán muy graves acontecimientos, donde la tierra y los animales sufrirán terribles consecuencias y ocurrirán numerosas catástrofes, en medio de una tierra cada vez más enferma, marchita y envenenada. Entonces, la memoria de nuestros pueblos se irá extinguiendo en toda su extensión.

¿Qué ocurrirá entonces, cuando el último piel roja haya desaparecido? Tal vez nuestro recuerdo se convierta en una sombra solitaria de una nube que cruza silenciosa recorriendo las grandes praderas... ¿Qué queda ya de los pequot, los sakomet, los pawnees, los chippewas, los otawas, los iowas, los apaches, los oglalas, los arapajoes, los semínolas, los cherokees, los cheyenes, los sioux y tantos otros...?

Tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.
Si finalmente decidimos vender nuestras tierras, ámenlas como nosotros las hemos amado, como el recién nacido ama el latido del corazón de la madre... Cuídenlas como nosotros las hemos cuidado... Retengan en sus mentes la memoria de la tierra y de las montañas tal como estaban cuando nosotros se las entregamos. Y con toda su alma, consérvenla para sus hijos y ámenla como Dios nos ama a todos...

Sabemos que nuestro pueblo desaparecerá. Y esto mismo ocurrirá tarde o temprano con el hombre blanco. Porque la Ley inexorable del tiempo siempre ha de cumplirse...

Tal vez soy un salvaje y no puedo comprender estas cosas.
En vuestra hora final, os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio de ellas con algún propósito especial. Tal designio es un misterio para nosotros...

Nosotros hemos realizado el Calumet, y el espíritu de nuestro pueblo cabalga con el humo elevándose hacia el cielo.

Aceptamos finalmente su extraña oferta, iremos hacia las reservas...
Y la leyenda de los indios cree continúa:
...¿Qué será cuando todos los búfalos hayan sido exterminados, cuando todos los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres, y cuando la vista hacia las verdes colinas esté encerrada por un enjambre de alambres?...

¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció... ¿Dónde está el águila? Desapareció... ¿Terminará la vida y comenzará el sobrevivir?
Al parecer los hombres blancos no descansarán hasta envenenar todos los ríos, talar todos los bosques, y acabar con la vida en la Tierra. Pero en el último momento, cuando todo parezca perdido, resurgirá una nueva estirpe de guerreros que salvarán a la Tierra y a los hombres de la destrucción física y de la decadencia moral. Dicen que estos caballeros se llamarán los guerreros del Arco Iris...

Ojalá estos antiguos guerreros puedan contemplar allá dónde estén a la Gran Dama Búfalo Blanco. Ojalá vuelvan a ofrecerles el Calumet. Ojalá se cumpla la ceremonia de las doncellas del sudor y el rito de la Danza del Sol. Y que Tanka, el Gran Búfalo Blanco, les aliente siempre con su profunda voz.

Información ofrecida por la Asociación Cultural Nueva Acrópolis - Málaga

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